sábado, 13 de julio de 2013

Manzana azul. Crear

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Ahora que el aciano contrasta con las amapolas en los ribazos y el fruto de los manzanos toma color, nos detenemos en lo pequeño, en lo que nace fuera de aglomeradas ciudades, en lo que fermenta al calor de relaciones sosegadas, en lo que sucede desde lo posible, desde lo auténtico. Donde fructifica esa manzana azul, invisible al atavismo. Donde se acurruca la creación.
Y nos trasladamos a Aranda de Duero (Burgos), a la librería Todo Libro que edita los poemas y pinturas dialogando de Ángela Gavilán (Río de Janeiro, 1959) contenidos en el libro Manzana azul (2010). En él también se realiza un breve recorrido por los catálogos de las exposiciones de esta brasileña oriunda de la emigración, afincada en el Centro de España, que remite a textos poéticos de Xulio Valcárcel, María José Madrazo, Rodrigo Juarranz del Cura, Juan C. López, Ape Rotoma, Beatriz Rodríguez, Fermín Heredero, y su gente allegada: Pablo, Clara, Mairilia… Con referencias a Emily Dickinson, Ángel González o María Zambrano.

Manzana azul

Mirar,
observar,
enamorarse.
Sentir con todo tu ser…
con el asombro de lo extraordinario
con el entusiasmo de compartir
La necesidad de contar, de expresar, de cubrir.
sin necesidad de entender, de razonar, de
explicar,
solo amar.



Manzanas azules, ¿quién no las alimenta?

martes, 9 de julio de 2013

Locura de escribir

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 Siento ansias de crear, es algo que late en mi pecho, como un pájaro que bate las alas con desesperación
le escribe Knut Hamsun a su amigo boticario Ingvar Laws, de Minneapolis en el otoño de 1888, a los veintinueve años, entonces en Copenhague, cuando está a punto de aparecer desde sus profundidades el gran escritor que se haría muy pronto. Desde joven había escrito miles de páginas. Pero era de las personas que necesitan bucear repetidas veces hasta sus profundidades, romper los diques de sus lagos interiores y correr el riesgo de la locura antes de que el genio de las letras le concediera la plasmación auténtica de sus inquietudes.
Una tarde, desgarrado, «me había esforzado al máximo trabajando durante días y noches, como un burro de carga, había leído hasta que los ojos se me salían del cráneo y había pasado hambre hasta perder el sentido. Me golpeaba contra las farolas. Un hombre que pasaba justo enfrente comenta riendo: “Debería ir a que le encierren”. Sí, claro, yo estaba loco, él tenía razón. Podría sentir la locura correr por mi sangre, notaba su celeridad en mi cerebro».
Dos años después, escribe sus conocidas palabras: «Fue en aquel tiempo cuando recorría Chistiania muerto de hambre, esa extraña ciudad que nadie abandona sin quedar marcado. Era una tarde de otoño».

Años después llegó el Premio Nobel (y, al final, su flirteo con el nazismo).

miércoles, 3 de julio de 2013

Promesas, libertad, corrupción... (palabras gastadas)

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El saúco y los rosales silvestres dan color al paseo de la mañana, ahora que ya las candelillas de los castaños convierten las flores en incipientes frutos otoñales de estufa. «Sé todos los cuentos», podríamos decir con León Felipe. Las palabras que dejan de tener sentido a fuer de escucharlas en bocas fatuas, en corazones vacíos, en pechos ambiciosos.

Por un instante, podemos calmar las ansiedades, las decepciones en los versos de Francisco Brines (Diario de un escéptico) y en el sueño del bebé, con el balanceo de los sonidos de la fuente y el ruiseñor.

El vaso quebrado

Hay veces en que el alma
se quiebra como un vaso,
y antes de que se rompa
y muera (porque las cosas mueren

también), llénalo de agua
y bebe,
            quiero decir que dejes
las palabras gastadas, bien lavadas,
en el fondo quebrado
de tu alma,
y, que si pueden, canten.

[La primera imagen es de Vladimir Kush. La segunda, La caja de los deseos de Lisa Nordstrom].

viernes, 28 de junio de 2013

La Recolectora, fin de curso en el club de lectura

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Mujer recolectando miel. Imagen de la Prehistoria. Las abejas –diligentes elaboradoras de dulzura, las llama Josep Roth– libando de las flores transforman su néctar en miel que sustraemos y utilizamos de alimento. Al igual que la literatura. Las abejas en metáforas, en poemas, en cuentos… Y La Recolectora es el nombre de uno de los clubes de lectura de la Biblioteca Pública de Burgos, que este año ha tenido una temporada más corta al esperar su inicio -allá por febrero- a la inauguración de la nueva sede. En compensación a la brevedad, ha sido un tiempo intenso en el que se han producido los encuentros con Jesús Carrasco y con Jesús Carazo.

Las lecturas del (medio) año han sido las siguientes:
La piedra de la paciencia, de Atiq Rahimi
Los sufrimientos del joven Werther, de Johan W. Goethe
Intemperie, de Jesús Carrasco
Verano y amor, de William Trevor
La cena, de Herman Koch
La boda del tío César, de Jesús Carazo
La fórmula preferida del profesor, de Yoko Ogawa
En picado, de Nick Hornby
El tiempo y el espacio que dedicamos a la lectura vinculante, al calor del fuego, en la Casa Redonda se ha poblado con textos de:
Juan Antonio González Iglesias, Nosotros no dormimos en el lecho paterno
Ada Salas, Yo sé que tienes algo que decirme (mundo)
Edgar Lee Master, Francis Turner, Sarah Brown
El tiempo de las cerezas
Giorgos Seferis, Sueño
Jean Giono, Sor Clementina (Juan azul)
Nadia Anjuman, No tengo ganas de abrir la boca
Muñoz Molina, Sefarad
Osip Mandelstam, Yo he regresado a mi ciudad
Sánchez Rosillo, Un alto en el camino
Silvina Ocampo, Autobiografía
Albert Camus, El primer hombre
José Ángel Valente, No inútilmente
Katherine Mansfield, Vida de Ma Parker
Y así, tras un paseo por la orilla del Arlanzón, hemos llegado a finales de junio, teniendo pendiente ese relato de verano para cuando nos veamos en septiembre, que comenzará con «Y en lugar de la casta y orgullosa flor de lis llevaban la más modesta de todas la flores: la violeta».

lunes, 24 de junio de 2013

Arcángeles [Descatalogados]

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Tal vez nada me es más afín que la naturalidad de la vida; que el sentido natural del deslizarse de las cosas; siempre obedecí –si no siempre contento– las indicaciones de la necesidad; es la única obediencia que no degrada.
El texto de es Juan Gil-Albert (1904-1994), poeta y escritor levantino, multifacético y fuera de todo encuadramiento generacional, lo que no le priva de su excelente calidad literaria en su abundante obra. Admirador de Gabriel Miró, aquel escritor del que Pedro Salinas decía que sus paisajes parecen una experiencia personal, algo que le hubiera pasado a una persona, «como una aventura o un amor». También lo admiraba Carmen Conde (de la que aquí hemos traído su Arcángel). Pero volvamos al texto. Pertenece al libro Los arcángeles. Parábola, publicado en 1981 en editorial Laia, aquella editorial animada por exiliados retornados. Y lo concibió Gil-Albert como homenaje a André Gide.

Es un libro de esos con el que topas como con las tabernas situadas fuera de las rutas habituales de las ciudades. Si tienes curiosidad suficiente. Además, es de los no disponibles en las librerías. Apenas se hace mención de él en los estudios sobre el autor, si exceptuamos los que hacen referencia a la puesta en escena del amor homosexual al que, con frecuencia, presenta Gil-Albert en sus libros (Razonamiento inagotable; Valentín; Heraclés). Tal vez por ello, tiene una sensualidad (mironiana) que queda lejos del alcance de muchas plumas.
Por si fuera poco, hace pensar: «es la única obediencia que no degrada». Entonces, ¿qué es de nuestra obediente vida?

miércoles, 19 de junio de 2013

Pájaros azules (reencarnación)

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Charlamos algo acaloradamente. Nos desorienta la diversidad de planteamientos que hay en las personas. Dicen que existe una zona en el cerebro en la que se asientan las creencias. Tenemos ya un trío que suele acompañar a toda realidad: cerebro, creencias, planteamientos. Y llegamos a este punto después de haber comenzado a hablar de pájaros, de pájaros azules.

La Bibliotecaria está narrándome –¡una vez más!– El pájaro azul, uno de los cuentos de Rubén Darío que más le entusiasma; aquel Garcín bohemio con la pequeña ave en el cerebro que un día echó a volar… Yo le hablo de una revista mensual ilustrada que se editaba en Vitoria entre 1928 y 1931, también llamada El pájaro azul. Pero el acaloramiento nos llega al comentar el libro de David W. Frasure, Pájaros azules, una obra que se publica en inglés –Bluebirds– en 1978 y se traduce al español en 1993, conociendo desde entonces numerosas reimpresiones.

¡Y es que habla de la reencarnación! De ahí nuestro tono de voz algo alterado. «Llegamos a la vida en el cuerpo que hemos elegido, en el ambiente que deseamos, sin que podamos juzgar al resto de personas. Solo con el objetivo de ser conscientes de nuestros errores, de vencer nuestra tendencia al mal y de comprender todo desde el amor». «¿Pero es que hay que cerrar los ojos ante las injusticias? ¿No somos sociedad?». «Si deseas algo profundamente, si lo invocas con la mente y el corazón, sucederá». «¿Pero cómo podemos dejarnos embaucar por mesías que repiten una y otra vez lo que ya sabemos y viven de maravilla a nuestra costa?».
Amy extendía los brazos mientras movía ligeramente los labios y entrecerraba los ojos. Instantes después, una bandada de pájaros azules vino a posarse en ellos y las mariposas revoloteaban alrededor de su cabello.

[El cuadro El pájaro azul es de Eduardo G. Grossi].

viernes, 14 de junio de 2013

Caballero de guante social

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Jacinto y Roberto, los del tióAnanías, eran quienes traían tebeos cuando venían en verano al pueblo. Ante ello y las historias (algo pícaras) que nos contaban de lo que ocurría en Zaragoza, nuestra admiración era unánime. El capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín, y uno que me entusiasmaba: Arsenio Lupín, el ladrón de levita. Me veía saliendo por la puerta del corral –la de atrás– de mi casa en las noches en que la luna jugaba al escondite con las nubes y (transformado el escenario) desembarcaba en la arbolada plaza donde uno de sus lados estaba ocupado por un impresionante edificio al que escalaba por las bajantes de los canalones, entraba silencioso por el balcón más escondido rasgando el cristal con el diamante de la carpintería y me afanaba en desvalijar arquetas y cajones. Luego entraba en la habitación donde dormía ella y, sobre la mesilla, dejaba el broche de la roja rosa con una tarjeta: «Para tus sueños. Arsenio Lupín».

Con el tiempo, me enteré de que este personaje de Maurice Leblanc (1864-1941) estaba inspirado en el anarquista Alexander Jacob (1879-1954), organizador en 1900 de la banda de trabajadores de la noche, que optaron, ante las condiciones tan dispares de la vida entre gente privilegiada y gente sufridora, por un ilegalismo incruento que robaba a parásitos sociales (no a profesiones útiles: médicos, arquitectos, etc.). En una de sus múltiples acciones muere un policía y es arrestado; es juzgado y condenado a trabajos forzados de por vida, lo que propició que regresara a Francia cuando fue suprimido este tipo de pena. Lúcidamente, ante la próxima vejez, se suicidó en su apartamento.

Muchos son los libros, cómics (hasta un manga), películas que hablan de estos personajes –Lupin y Jacob–, relacionándolos o no, pero puede leerse su libro Por qué he robado y otros escritos (Logroño, Pepitas de calabaza, 2007) o la novela Recuerdos de un rebelde, de Bernard Thomas.

Jacob nunca renegó de sus opiniones, ni cuando lo iban a juzgar: «He preferido conservar mi libertad, mi independencia, mi dignidad de hombre, antes que hacerme artífice de la fortuna de un amo. En términos más crudos, sin eufemismos, he preferido robar antes que ser robado».
Días antes de suicidarse, en 1954, se despidió de sus amigos: «Os dejo sin desesperación, con la sonrisa en los labios y la paz en el corazón. Sois demasiado jóvenes para poder apreciar el placer que proporciona irse gozando de excelente salud, burlándose de todas las enfermedades que acechan a la vejez. Allá están todas esas asquerosas reunidas, listas para devorarme. Pero voy a defraudarlas. Yo he vivido y ya puedo morir».

lunes, 10 de junio de 2013

Crucifixión

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En el Hospital Virgen del Mirón (vulgo Antiguo) de Soria cuelga de las paredes de las habitaciones la pequeña figura de un crucificado. Ignoro si sucede lo mismo en el resto de hospitales de España y si existe alguna reglamentación o costumbre al respecto. En todo caso, parece que a nadie le llamaba la atención este hecho, que a mí me resultaba (al menos) anacrónico.

Las circunstancias me han llevado hasta allí la pasada semana. La segunda noche de esta estancia –la del miércoles–, ingresaron en la cama de al lado a una mujer de cierta edad, con todos los visos de la demencia. Mientras daba gritos de significado incoherente, le pusieron las vías de los sueros y la mascarilla del oxígeno y le encarecieron que no se los tocara. En las dos siguientes entradas que hicieron a la habitación, ante el escaso éxito de las indicaciones en que le recalcaban lo dañiño para su salud de esta conducta rebelde al desprenderse de alimento y oxígeno, decidieron atarle las manos a los barras de los costados de la cama.



Así que allí me vi entre dos crucifixiones (pues no cuento la mía), sin pegar ojo durante las dos siguientes noches en que permanecí allí.

lunes, 3 de junio de 2013

Pectora mulcet (enojo en los pechos)

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«A la verdad le gusta jugar al escondite», decía Heráclito. Y la Verdad nos tiene a mal traer. La convivencia se alimenta de avenidas, de carreteras con doble sentido, en las que la palabra es el elemento básico que podemos utilizar para conducirnos en ellas. ¿Qué hacer cuando en vez de calmarnos nos llena de ira? ¿Qué hacer cuando el enojo se instala en el pecho? ¿Qué hacer cuando lo laudatorio sustituye a lo deliberativo? ¿Qué hacer cuando la rabia dispara por la boca? Tal vez podríamos acudir a la ironía sanadora y actuar como hizo Lloyd George en el parlamento inglés al ser interrumpido por una señora que no estaba de acuerdo en sus teorías liberadoras:
―¡Si fuera usted mi marido, yo le daría veneno!
―¡Y si yo fuese su marido, señora, con gusto me lo bebería!
O, tal vez, deberíamos convertirnos en Neptunos para proceder a calmar la tormenta que Juno ha levantado con la intención de arrasar nuestras eneidas naves (según escribe Virgilio en el canto primero de la Eneida):
«Igual que cuando en medio de una gran multitud estalla a menudo un tumulto / y brama enardecido el populacho, vuelan teas y piedras / –su furia improvisa armas– si ven de pronto / alzarse un varón respetable por su virtud y mérito, / callan y permanecen con el oído atento; él va con sus palabras dominando sus ánimos / y ablandando su enojo [pectora mulcet], así todo el fragor del oleaje se reduce al instante / en que el dios tiende su mirada sobre las olas, y por el cielo, libre ya de nubes, / lanzando a la carrera maneja sus corceles y les va dando rienda / rodando con su carro volandero».
Belleza, palabras, verdad, enojo, calma.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Túnel

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Regresa de aquel tiempo. Ha llegado esta mediodía, algo aterida, porque había marchado ligera de ropa, pensando que el sol calentaría lo suficiente los cuerpos. La he encontrado despistada, somnolienta, confundiendo el sitio de las luces en la casa. La he tomado de la mano y la he llevado al jardín, donde se ha sentado en la mecedora debajo del manzano. He cortado tres pequeñas rosas. Las he colocado junto al vaso de agua en la cercana mesa de patas onduladas en la que ha posado la mano izquierda, el dedo meñique sobre un pétalo sobresaliente. Me he sentado al piano con la ventana abierta en el cuarto de estar. Y ha recitado:

Yo he visto mi alma en sueños...
En el etéreo espacio
donde los mundos giran,
un astro loco, un raudo
cometa con los rojos
cabellos incendiados...
  Yo he visto mi alma en sueños
cual río plateado,
de rizas ondas lentas
que fluyen dormitando...
  Yo he visto mi alma en sueños,
como un estrecho y largo
corredor de fondo tenebroso,
de fondo iluminado…
  Acaso mi alma tenga
risueña luz de campo,
y sus aromas lleguen
de allá, del fondo claro...
  Yo he visto mi alma en sueños...
Era un desierto llano
y un árbol seco y roto
hacia el camino blanco


[El poema es de Galerías, de Machado. El cuadro, Book tunnel, de Petr Kratochvil].

viernes, 24 de mayo de 2013

Feria del Libro

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"De todas las cosas materiales, de todos los cuerpos físicos, el libro es el objeto que le inspira a la persona una mayor confianza. Un libro colocado en el atril es comparable a una tela fijada sobre el bastidor". (Viaje a Armenia, “En torno a los naturalistas”).
Las golondrinas más valientes se atreven a salir en la fresca mañana de mayo. Los espinos blancos colorean cunetas y terraplenes. Osip Mandelstam (1891-1938) contempla el Ararat (situado en la zona turca) desde la Armenia soviética, a donde le envían en 1930 para ensalzar los logros del régimen comunista. Pero él no les baila el agua. Lo que aparece ante sus ojos son los exilios, las masacres, el lugar en el que se posó el Arca de Noé y que ahora está al otro lado de la frontera. Por ello, se acuerda del Pueblo del Libro, hermanado en la diáspora con el pueblo kurdo. Cuando publica en 1933 su percepción de las gentes de Armenia, ya vuelto a Moscú, cae en desgracia ante el stalinismo y su devenir se vuelve oscuro hasta desaparecer en el Gulag. Su escritura ya estaba tocada por la varita del genio.
“¿Qué importan los malos actos, los movimientos inútiles, las complicidades envenenadoras? ¡Hay que vivir! Y para vivir hay que trabajar. Luego trabajar es envenenar, saquear, robar, mentir a los demás hombres. Trabajar es mezclar fuchina con las bebidas, fabricar cañones, expender al por menor carne envenenada”.
Albert Libertad (1875-1908), pintoresco personaje del París escasamente glamuroso, fustiga desde tribunas montadas en plazas públicas a la gente trabajadora que aceptamos cualquier actividad con tal de que nos paguen por ello, aun sabiendo que es perniciosa. ¿Acaso no sería más loable el que existieran sindicatos y asociaciones con el fin negarse a realizar tales tareas? Necesitamos gestos que dignifiquen nuestro paso por este mundo. Es lo que decía en un libro titulado El trabajo antisocial y el trabajo útil, el cual no encontraremos en las mesas de los puestos en la Feria del Libro de hoy.
Pero seguro que damos con otros similares.

lunes, 20 de mayo de 2013

Cerezas (zarcillos en la revolución)

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Con la Encarna convenía llevarse bien. Aparte de otras consideraciones (en las que ahora no es momento de deternerse), era una de las pocas chicas de la escuela que podía permitirse comer fruta todos los días y, dentro de ello, cerezas cuando llegaba la temporada. Las traía en su cesta de lápices o las sacaba enredadas en sus dedos para la merienda. En cualquier caso –dada su generosidad–, te cambiaba dos racimos del preciado fruto por un buen puesto en los bancos del cine el domingo o por un trozo de pan con vino y azúcar (pues su madre decía que el alcohol era un atraso para las criaturas [sin que alcanzáramos a calibrar el alcance de aquello por entonces]). El asunto es que, una vez conseguidas, nos poníamos los zarcillos de cerezas y caminábamos con orgullo ante nuestro público, levantando olas de envidia, por lo que había que estar ojo avizor ante tanto depredador.

Y aquí, en esta calleja adoquinada, compro un bozo de cerezas para la Bibliotecaria que lavamos en el caño de la esquina. Nos colgamos nuestros rojos pendientes y caminamos mientras le recito de memoria –¡tanto me apasiona!– aquella letra que escribió Jean-Baptiste Climent (la que musicó Antoine Renard en 1866) y que parece que la cantó un soldado a una enfermera asesinada en la mañana del último día de la Comuna deParís (1871) en la barricada de la calle Fonteneauroi:

Cuando estemos en el tiempo de las cerezas
el alegre ruiseñor y el mirlo burlón estarán de fiesta.
Mujeres hermosas tendrán la locura en la cabeza
y los enamorados, sol en el corazón.
Cuando cantemos en el tiempo de las cerezas
silbará aún mejor el mirlo burlón.
Pero es muy corto el tiempo de las cerezas
cuando vamos los dos a cortar soñando
pendientes para las orejas…
Cerezas de amor iguales que rosas
que caen bajo el follaje como gotas de sangre…
Pero es muy corto el tiempo de las cerezas,
pendientes de coral que se cortan soñando.
Cuando estemos en el tiempo de las cerezas,
si acaso tememos las penas de amor,
evitemos a las hermosas mujeres.
Yo, que no les temo a los grandes dolores,
no viviré ya un día sin sufrir…
En el tiempo de las cerezas,
vosotros también penaréis de amor.
Por siempre amaré el tiempo de las cerezas.
Es de ese tiempo del que guardo en el corazón
una herida abierta.
Y aunque se me ofreciera la dama Fortuna,
no podría jamás calmar mi dolor.
Por siempre amaré el tiempo de las cerezas,
y el recuerdo que guardo en el corazón.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Siempreviva para la Sombrerera Revolucionaria

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Los periódicos conservan noticias sorprendentes, como es la vida de María del Tránsito Caballero, nacida hacia 1879 en San Felipe (Chile) y migrada a los diez años a la capital, Santiago, donde comienza a trabajar de aprendiz en una floristería de lujo, para, después, trocarlo por el oficio de sombrerera, en una de cuyas fábricas trabajaba doce y trece horas diarias. Es lo que podemos leer en los órganos progresistas La Idea y La Luz, de la capital chilena, y en Tierra y Libertad de Casablanca (Chile).

Tanto Magno Espinoza como Luis Pardo nos relatan que María, con una instrucción escolar elemental, “por la contracción en el trabajo y la claridad de su inteligencia”, no se doblegó a su suerte y, robándole horas al descanso, se instruyó en lecturas sociológicas de Tolstoy, Kropotkin o Grave, alejándose de la situación que tenía encadenados a muchos hombres y mujeres, que “vivían fanatizados por la religión, el orgullo o la estúpida moral del día”. Desde el Centro de Propaganda Anticlerical Giordano Bruno o el Grupo Anarquista Luz o la Sociedad Artística a la que pertenecía, colaboraba en el apoyo a las reivindicaciones obreras, fabricando “una gran cantidad de ramilletes de flores artificiales que vendió, con cuyo producto llevó pan y vestidos a muchos infelices”.

Su idea era luchar por cambiar la sociedad y, como tal, asistía a las asambleas públicas (a veces era la única mujer), con el consiguiente asombro de la mayoría de mujeres y de muchos hombres, “rompiendo con las rutinas y los prejuicios impuestos a la mujer”. Al tiempo, escribía en la prensa anarquista y obrera de la época con los seudónimos de Una Sombrerera Revolucionaria y de Una Rebelde.


Pero un accidente comenzó a restarle salud y una “cruel enfermedad” le obligó a elegir entre la muerte o la amputación del brazo derecho, prefiriendo lo primero, lo cual precipitó el derrumbe del Teatro Lírico, donde murieron unas veinte personas, a donde asistía a una conferencia. Dicen las crónicas que la enterraron en el Cementerio General (19 de marzo de 1905) y que los compañeros adornaron su tumba con una siempreviva.

viernes, 10 de mayo de 2013

10 de mayo de 1933 (Aniversario Bibliocausto)

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Mayo es un mes muy esperado, según podemos ver en el refranero. La Bibliotecaria siempre me recuerda aquello de marzo ventoso y abril lluvioso sacan a mayo florido y hermoso; o lo de aparte de otras cosas, en abril las lilas y en mayo las rosas. A lo que yo le digo que depende…, que el buen madero para mayo lo quiero. Fíjate –dice– que hasta es la época en que sucedió por estos pagos, desde vete a saber dónde, la aparición de un delicado ser desde los mundos celestiales.

Pero vayamos a lo que aquí nos trae: Las inmensas hogueras que alumbraron los cielos de Alemania la noche del 10 de mayo de 1933, alimentadas con libros por el nazismo. Obras que previamente habían seleccionado durante la primavera y expurgado en bibliotecas y centros culturales y de enseñanza, con el remoquete común de que esos (alrededor de 25.000) títulos no deberían estar al alcance de las mentes arias. Una vez anochecido, realizaron desfiles bajo la luz de las antorchas que portaban desde librerías y bibliotecas, mientras entonaban canciones, hasta llegar a las piras.

Parece que fue la revista Times (22 de mayo de 1933) la que propuso el término Bibliocausto para definir los hechos, tan premonitorio de los hornos posteriores. En Berlín, cerca de la Universidad Humbold, podemos adentrarnos en la Biblioteca Sumergida, bajo los adoquines, obra de Micha Ullman, en la que permanecen vacíos los anaqueles que podrían contener los veinte mil libros que esa noche se quemaron en la hoguera de la ciudad.
¿Por qué algunos de los pueblos cultos y personas letradas son quienes realizan estos actos? Es lo que se pregunta el venezolano Fernando Báez en Historia universal de la destrucción de libros (Destino, 2004).

lunes, 6 de mayo de 2013

Buena gente (en el Bañuelos de Antonio Benaiges)

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La Bureba es una comarca con personalidad definida en tierras burgalesas. Subes la cuesta de la tierra de los ajos, paras en un camino entre sembrados y barbecho, y contemplas la verde meseta salpicada de termones marrones y amarillas tamarillas hasta que la vista te descansa en las blancas laderas nevadas de la sierra de la Demanda. Compadeces, en la libertad del viento en el rostro, tus días urbanos. En los campos esparcen medicina. Una calurosa mañana en la que rebuscas dentro del desordenado maletero y encuentras un sombrero de paja con el que te cubres para que el sol no te sonroje y ponga en evidencia la dermatitis facial que suele recrudecerse con sus rayos.

Este día tenemos que acercarnos a la cortada en la que se sumerge Bañuelos, uno de los pequeños pueblos de la zona, cuya peculiaridad no es la maciza iglesia que encumbra el caserío, sino la de haber contado con un singular maestro entre los años 1934-1936; la de tener una escuela (clamando un arreglo) en la parte de abajo, donde hoy se coloca una lápida en su memoria. Pues era un hombre entregado a la enseñanza (Técnica Freinet), que adquirió una imprenta en la que chicas y chicos componían textos libres y los imprimían, dejando unos cuadernos y revistillas que hoy en día alimentan nuestra nostalgia: El retratista, El mar, Folklore burgalés, Gestos, Recreo…

Un hombre que, al atardecer, abría la Academia donde pudiera acudir la gente mayor del pueblo al finalizar las tareas del día. Allí se hablaba y discutía, entre otras cosas de política, economía y, en muchas ocasiones, de religión (pues para ello el maestro se asomaba por unos instantes a misa coincidiendo con el sermón del cura «para sacarle defectos»). Lo dramático del asunto es que no quedó en un tira y afloja, sino en un tira y… a la fosa.
Antonio Benaiges y Nogués (1903-1936), maestro, fue asesinado el 25 de julio de 1936 y enterrado en los montes de La Pedraja, no habiendo sido localizado su cuerpo todavía. Su obra permanece en su alumnado aún en vida: Eladio, Lucía…; y en alguna de la buena gente que vive en estos pueblos: Manolo, Juanmi, Lucía, Chus…; (más en la de Bañuelos).

miércoles, 1 de mayo de 2013

Miradas llorosas. (Uno de los precios de la razón)

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 “¿Por qué lloras, Patroclo, como una niña que va con su madre y deseando que la tome en brazos, le tira del vestido, la detiene a pesar de que lleva prisa, y la mira con ojos llorosos para que la levante del suelo?”
A menudo escuchamos o leemos que nuestro vocabulario se empobrece paulatinamente. El cese de actividades tradicionales y la utilización de aparatos en los que se envían mensajes con abreviaturas, síncopas o elipsis explican, en parte, esta realidad. Pero, además, se achaca a las civilizaciones occidentales (deudoras de la cultura griega, principalmente) el que desprecian a las culturas ágrafas o a las que no tienen un desarrollo tecnológico similar al europeo, caso de los pueblos esquimales o de las tribus africanas y americanas.

Ciertamente, estas culturas disponen de varias palabras para significar las distintas acciones que nuestra lengua señala con una sola (más un añadido). Por ejemplo, si se refieren a la fuerza que tiene un pez o al alimento que proporciona o a lo escurridizo que es o a su forma de dormir con los ojos abiertos. Una sola palabra para cada caso, sin que introduzcan el término pez. Sencillamente, porque no saben lo que es el pez, no han hecho esa abstracción y, por lo tanto, su lengua no lo reconoce.

Ocurría lo mismo con la lengua griega antes de que se produjera el desarrollo filosófico del siglo V a.n.e. Lo vemos en la cita de la Ilíada que encabeza esta entrada, en la que Aquiles se dirige a su amigo Patroclo (en el canto 16, 10), la cual tendríamos que leer: Lloras como una niña que quiere que su madre la tome en brazos. Pues el concepto mirar no existe todavía, y lo que se utiliza es un verbo que podríamos traducir como “emitir rayos con la mirada”, pero no desde el ojo propio (pues no hay conciencia de la función de mirar), sino desde quien está percibiendo esa mirada suplicante. (De igual manera, hay términos para “mirar con nostalgia” o “mirar alrededor por prudencia” o “mirar alrededor por miedo”, etc.).


[No es que con ello justifiquemos la pobreza del habla, pero al César lo que es del César. Y remitamos al libro de Bruno Snell, El descubrimiento del espíritu, en traducción de J. Fontcuberta (Acantilado, 2007)].

viernes, 26 de abril de 2013

Camelias contra el frío

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En una de las entradas del barrio, la más cercana al río, viven dos pequeños camelios, ese arbolillo que nos trajera el misionero y botánico Kamel de Filipinas. Los plantaron hace apenas cuatro años, cuando remodelaron la zona de Punta Brava. Derribaron las viejas casas, construyeron otras de mayor altura, con cubos miradores invadiendo las calles, ahuyentando las estrellas, que hacen de paraguas en días de lluvia, y acotaron las aceras. En un pequeño triángulo sin utilidad aparente, pusieron un par de bancos, dos camelios y, hace no mucho, una estatua de tamaño humano simulando la lechera con su pareja de cántaras y sus dos cuartillos, a la que se acercan quienes caminan la ruta de Santiago para hacerse fotografías.

Desde hace unos días sus ramas están cubiertas de flores. Cada mañana, en el rápido camino hacia el trabajo, iluminan mi mirada, espabilando mi atención de los pesares que restan de la somnolienta noche. Mi cuerpo recibe la luz de esos pétalos ‒unos rosados y otros blancos‒ y los envuelve al pasar con una sonrisa de complicidad y asombro. Seguramente por no ser la entrada natural desde el centro de la ciudad, estos pequeños árboles han resistido los vandálicos desahogos de las cuadrillas que regresan al barrio de madrugada los fines de semana.


Durante meses, soy lluvia y sol vivificando sus ramas, tronco y raíces, todo por que suceda el fugaz roce mañanero de unos días de abril.

lunes, 22 de abril de 2013

Lo que hacen los libros

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Al despertar esta mañana me sentía algo abatido. No sé. Era de esas veces que te entra una molesta desazón que atenta contra tu autoestima porque llega una fecha señalada y no sabes qué poner en la bitácora. "Tiene que ser algo impactante", te dices, "de eso que quien lo lea quede con honda impresión, que diga: ¡vaya acierto!". Pero no se me ocurría nada. Así que, después del café, he decidido recurrir al típico Un rey en Nueva York, del harto conocido Chaplin, en cuya cinta el papel del niño anarquista (individualista) queda en manos de su hijo Michael.


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miércoles, 17 de abril de 2013

¡Descarriadas! (Los Documentos)

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  “Nos han abandonado aquí, en este planeta regido por unos cabrones mentirosos de capacidad cerebral modesta, sin sentido, sin un ápice de buenas intenciones” (W. Burroughs, Diarios, 1997)
El siglo diecinueve afianza la revolución industrial, creando en las ciudades bolsas de pobreza e insalubridad. Cierto que nos proporciona el descubrimiento de la dignidad humana en una parte de esta población, que va creando organizaciones para reivindicarse ‒”¿A dónde han llegado hoy?”, nos preguntamos‒. Un segmento especialmente castigado es el de las mujeres que se ven solas o abandonadas o incapaces de mantener a la familia, en cuyo caso pueden optar por vías fáciles de conseguir dinero o mendigar por las calles, ofendiendo la vista de la gente bien situada e, incluso, alterando el orden público. Ante ello se posicionan instituciones de caridad, tanto privada como oficial. El libro de Carmen Delgado Viñas, Clase obrera, burguesía y conflicto social, nos da una idea del panorama de Burgos en estos años, lo que puede trasladarse a la mayoría de ciudades de España.

De iniciativa pública es la Casa de Grávidas, fundada por el Ayuntamiento en 1819, instalada en el Monasterio de San Juan, para “acoger solteras encinta, asistirlas con el mayor esmero, evitando su deshonra y los infanticidios a que suele dar lugar la ocultación de las faltas”. Da paso a las casas de maternidad (y no solo para solteras), dando lugar a la creación de un cuerpo de matronas y una Casa de Maternidad (1929) con funciones de hospital (ya para mujeres de la clase obrera).

En la caridad privada, la institución más antigua es el Colegio de las Desamparadas o Instituto de la Juventud Femenina Difícil, dirigido por las Señoras Religiosas Adoratrices del Santísimo Sacramento y Esclavas de la Caridad, de la duquesa de Jorbalán, fundado en 1862 y establecido al año siguiente en una casa de la calle Fernán González, para  «acoger gratuitamente a las jóvenes extraviadas y a las que estén en inminente peligro de perderse, educarlas en la religión, sana moral y labores propias de su sexo». Con destino a servir a las grandes casas (en alguna de las cuales terminarán grávidas). Similar función cumplía el Instituto de las Siervas de María Inmaculada, también conocido como Asilo del Servicio Doméstico, instituido como Casa Refugio para muchachas huérfanas con objeto de educarlas e instruirlas para sirvientas.
Mezcla de privada y pública es la iniciativa de la Gota de Leche, que se instituye en 1907.

viernes, 12 de abril de 2013

Escraches. (Para José Luis Sampedro)

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 “Nuestro tiempo es, para mí, una época de barbarie total”. “Hay dos tipos de economistas: los que hacen más ricos a los ricos y los que tratamos de hacer menos pobres a los que menos tienen”. (José Luis Sampedro. In memoriam)
Cuando, hace años, la Bibliotecaria me dijo que deberíamos confeccionar una biblioteca de libros digitales, lo primero que se me ocurrió comentarle es que teníamos que incluir los de Gene Sharp. Así que fuimos guardando en marcadores, en favoritos, en nuestra cuenta de delicious, al tiempo que bajando a nuestro libro electrónico, escogidos títulos de la No Violencia ‒De la dictadura a la democracia; La lucha política noviolenta. Criterios y métodos‒, que tiene alojados y traducidos en la sede web de la Institución Albert Einstein, dedicada a estos menesteres. Algunos de ellos, clásicos, como los citados, y otros menos conocidos: La relevancia de Gandhi en el mundo moderno; El poder de la fe.

No tiene justificación (en un sistema democrático) perseguir a nadie a su domicilio. Pero tampoco la tiene el que un sistema (corrupto) cargue sus desajustes sobre la gente más débil, apoyado precisamente en quienes la representan. Para protestar y cambiar las reglas del juego, Sharp muestra una serie de acciones no violentas, que recopila de diferentes épocas y lugares, exponiéndolas en La lucha política noviolenta, una obra que se compone de tres volúmenes en la versión inglesa y que es resumida, en español, por Jaime González Bernal, editándose en México e imprimiéndose en Chile, en 1988, con la participación del propio Gene y de Caridad Inda. Para no alargar esta entrada con la relación de estas 198 formas, remitimos a la colaboración de José Ignacio Torreblanca, animador de Café Steiner.

Seguramente hay más tipos de economistas de los que nos refiere Sampedro, pero nuestro sistema educativo tendría que comenzar a cambiar los valores que se transmiten en el estudio de la Economía. Producir para vivir.

lunes, 8 de abril de 2013

Amistad

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Siento demasiado que con este gran poeta ha muerto una parte de mí mismo; células de mi cerebro quedarán inactivas, de ahora en adelante, porque solo trabajaban para el placer de coincidir con él.
 Son palabras de Maurice Barrès (1862-1923) tras la muerte de su gran amigo el profesor y poeta Jules Tellier (1863-1889), acontecida por fiebres tifoideas, tras el regreso de un viaje por Argel y España. El narrador y ensayista Barrès, de elegante prosa y armonioso estilo en libros como Greco o el secreto de Toledo (1912), se sumerge en el nacionalismo (ultra)conservador en obras como Las amistades francesas (1903), y en la actividad política con posiciones antijudías como en Sus rostros (1902). En 1894 le dedica a Tellier su Du sang, de la volupté et de la mort (traducido aquí como Paisajes de amor y muerte, en 2005; y en Buenos Aires como Sangre, voluptuosidad y muerte, en 1922).

Seguramente acierta Barrès al mostrar su estado de ánimo. Algo único despierta y vive cuando coincidimos con determinada persona. Algo que vuelve a dormir cuando nos alejamos. Aunque, entonces, vayamos al encuentro con quien amamos. La vida no deja de matarnos. ¡Menos mal que la memoria y el olvido nos echan una mano!
Salud

jueves, 4 de abril de 2013

Norte y Sur en la vida de Victoria Ocampo

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Su olor era delicioso, no el de la gente que usa perfume, sino el de los bebés limpitos que huelen a jabón, a talco. Yo [niña] la miraba con la mayor discreción posible, temerosa de importunarla y de aburrirla. ¿Cómo podía interesarle a ella una chica como yo? ¿Cómo hubiera podido tomarme en cuenta? Yo hubiera querido decirle: «No sabés lo linda que sos. Sos lo más lindo que he visto en el mundo».
Paseo con la Bibliotecaria comprobando la crecida del Arlanzón en su caminar por Burgos estos días de lluvias abundantes que desbordan las riveras (y no puedo dejar de añorar el Tormes de Salamanca). La vista del agua extendida en el suelo proporciona una entidad distinta a nuestros cuerpos. Los emociona.

Apoyado sobre el pretil de piedra, entornando levemente los ojos ante el reflejo que sube, le hablo de la abundancia y belleza que hay en la vida de Victoria Ocampo Aguirre (1890-1979), argentina, hermana de Silvina (1906-1993), escritoras emparentadas con familias de abolengo y riqueza, hacedoras de la nación americana en su independencia de España en 1810. Ella es la inspiradora e impulsora de Sur, una de las revistas literarias de raigambre en las letras en español, iniciada en 1931 y llegada hasta 1992 (número 371), incluida su persecución por el peronismo (que encarcela a Victoria en un instituto para prostitutas). A criarla dedica notable parte de sus caudales intelectuales y monetarios, fundiendo y confundiéndose –en su caso– historia personal y revista. «Pues una de las cosas que más he admirado es la cosa escrita». Es sueño y, viviéndolo, «traté de justificar mi vida. Casi diría de hacérmela perdonar».

En sus escritos, Victoria muestra las condiciones exigidas por Mallarmé para la poesía y por Huxley para el arte. El primero asegura que la poesía no se escribe con ideas, sino con palabras. El segundo, que no es suficiente contar con sinceridad, conocimientos, voluntad o perseverancia, sino que es necesario, además, el talento. Nos lo demuestra suficientemente en su Autobiografía, terminada (para nuestro desespero) en 1953, a modo de confesión que pretende ser verídica y que proclama una fe. Desde el nido, jugando en amplios patios, tías-abuelos-primos-hermanas, criados, mucamas, clases de idiomas y solfeo, lecturas en francés e inglés, música de Chopen… Solapada, aparece –¿cómo no?– la Injusticia.
Seis tomos de exquisito paladar, reeditados en tres volúmenes por la Fundación que lleva su nombre a partir de 2005.

sábado, 30 de marzo de 2013

Narcisos, violetas y luna llena

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«Demasiados elementos llamativos en el título», dirá quien esto lea, «narcisos, violetas y luna llena». Pero así sucede en esta época, y aun podríamos añadir: primavera, lluvia, rocío…, que dejamos para otras ocasiones. Si nombramos a los narcisos, ya se sabe que no podemos descuidarnos, pues su estancia en nuestros campos no se prolonga demasiado. Con las violetas es distinto, llegan hasta los meses de canícula. Y la luna llena viene con las pascuas.

Hay, además, ahora otra flor ‒la vinca major o hierba doncella‒ que nos lleva a confusión con las violetas, pues nace medio oculta entre el follaje rastrero de esta planta. Así sucede en uno de los arriates del paseo de la Isla (aquí en Burgos) y, por ello, solemos dedicarle una entrada estacional cada año. Los cinco pétalos de esta flor se regalan para ofrecer amistad duradera, señalando además que es sentida la ausencia de la persona querida cuando esta se produce. Hay zonas en las que se recubren los pies del altar con vinca al ir a celebrarse bodas. Lo que no conviene es consumir sus hojas, pues son tóxicas. (Una de sus variedades ‒vinca rosae‒ se ha utilizado para combatir leucemias y tumores, por sus alcaloides).

En cambio, las violetas podemos colocarlas en la boca, y sus pétalos, escarchados con azúcar, semejan caramelos naturales perfumados y gustosos. Se encuentra entre las flores que más nos hipnotizan, ya que el perfume que desprenden (sobre todo si las acunamos entre las manos) conecta con sensaciones antiguas en nuestro cerebro. Belleza. Intensidad. Modestia y Seducción.

Hay quien sostiene que los poderes los extraen estas flores violetas del cambiante color azul-violeta de los atardeceres primaverales. Un azar que difícilmente descubriremos.

lunes, 25 de marzo de 2013

Nuestra canción. (Obsesiones)

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«El sonido con el que resuena toda criatura», escribe Hildegarda de Bingen (mejor dicho, santa Hildegarda, pues va para un año que elevaron a los altares a esta beguina que vivió entre 1098-1177). Y es algo que suele acompañarme. Una vibración serena que aparece en el vientre o asciende –sobrecogiéndome– por la columna o se instala en alguna de las dependencias del pecho. ¡Cómo agradezco su sorpresiva llegada en épocas de abatimiento!

Hace unos diez años, en la primitiva sede web de poesía salvaje, topé con un relato titulado Nuestra propia canción. Se le atribuía a una poeta africana, Tolba Phanem, de quien no he conseguido más noticias, hasta el punto de pensar que sea un nombre supuesto. A veces la he visto como La canción de tu alma o La canción de los hombres. Y aquí vienen las obsesiones. Es un relato que leo en cualquier reunión (informal) literaria de las que surgen con las amistades o en cuentacuentos o que envío por correo a la menor ocasión. Así que, después de cuatro años en esta bitácora, ya le llega el turno:

«Cuando una mujer de cierta tribu de África sabe que está embarazada, se interna en la selva con otras mujeres, y juntas rezan y meditan hasta que aparece la canción de la criatura. Saben que cada alma tiene su propia vibración que expresa su particularidad, unicidad y propósito. »Las mujeres entonan la canción y la cantan en voz alta. Luego retornan a la tribu y se la enseñan a todos los demás.

»Cuando nace la criatura, la comunidad se junta y le cantan su canción. Luego, cuando comienza su educación, el pueblo se junta y le canta su canción. Cuando se inicia en la edad adulta, la gente se junta nuevamente y canta. Cuando llega el momento de su casamiento, la persona escucha su canción. Finalmente, cuando el alma va a irse de este mundo, la familia y amigos se acercan a su cama e igual que para su nacimiento, le cantan su canción para acompañarlo en la transición.

»En esta tribu de África hay otra ocasión en la cual los pobladores cantan la canción. Si en algún momento durante su vida la persona comete un crimen o un acto social aberrante, se lo lleva al centro del poblado y la gente de la comunidad forma un círculo a su alrededor. Entonces le cantan su canción.

»La tribu reconoce que la corrección para las conductas antisociales no es el castigo; es el amor y el recuerdo de su verdadera identidad. Cuando reconocemos nuestra propia canción ya no tenemos deseos ni necesidad de hacer nada que pudiera dañar a otras personas.

»Tus amistades conocen tu canción y te la cantan cuando la olvidaste. Quienes te aman no pueden llevarse a engaño por los errores que cometes o las oscuras imágenes que muestras a los demás. Quienes te rodean recuerdan tu belleza cuando te sientes feo; tu totalidad cuando estás quebrado; tu inocencia cuando te sientes culpable y tu propósito cuando estás confundido.

»No necesito una garantía firmada para saber que la sangre de mis venas es de la tierra y sopla en mi alma como el viento, refresca mi corazón como la lluvia y limpia mi mente como el humo del fuego sagrado».

jueves, 21 de marzo de 2013

Club de Lectura La Recolectora con el escritor Jesús Carrasco

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No es frecuente en las ciudades pequeñas y medianas la visita de fenómenos culturales del momento. Por ello, cuando suceden, se viven con intensidad y dejan recuerdo duradero. Es lo que sucede estos días en Burgos con la llegada del escritor Jesús Carrasco, a cuya novela Intemperie nos referíamos en la entrada anterior.

En el Club de Lectura La Recolectora, ubicado en la Biblioteca Pública del Estado (con hermoso edificio de nueva planta) con otros tres más, habíamos tenido la fortuna de leer y comentar el libro en sesión reciente. Así que ayer nos dirigimos a la librería del Museo de la Evolución Humana, que es donde tenía lugar el encuentro con el autor. La primera impresión fue satisfactoria al poder saludar a Carrasco, persona cercana e interesada en las opiniones ajenas, además de exhaustiva a la hora de ofrecer explicaciones.

La prosa fresca del texto, su cuidado de las palabras y el modo narrativo tienen la explicación de haber sido elaborada la obra a lo largo de varios años (con lógicas interrupciones) y ser sometida, al final, a un proceso de condensación. El detallismo y las descripciones prolijas están al servicio de la historia, del ambiente sobrecogedor, violento, solidario e iniciático que construye. Y todo ello en el campo, aportando una mirada no urbana, con la pretensión de abrir camino propio en una literatura demasiado centrada en la ciudad. Sus raíces literarias están en la narrativa estadounidense contemporánea, especialmente en Cormac McCarty y su Meridiano de sangre (y no tanto en La carretera), siendo insignificante la que pudiera haber de autoría patria, caso de Delibes.

No tiene empacho el escritor en reconocerse –algo que se agradece– novelista novel y primerizo, lo cual le ha llevado a elaborar pasajes que necesitan mayor depuración. Por lo que entiende que la excesiva precisión, a veces, pueda resultar algo pesada y pueda tomarse como ejercicio literario.

Desde aquí le saludamos.

viernes, 15 de marzo de 2013

Frío a la Intemperie

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Por circunstancias diversas, esta vez no he podido atender a la primera de las recomendaciones prácticas del ensayista y filósofo R. W. Emerson sobre lecturas: «Nunca leas un libro que no tenga un año o más» (La tercera, que también suelo seguir, es «No leas nada que no te guste», o, como escribiera Shakespeare: «No hay beneficio si no hay placer»). Y –lo que resulta más infiel– me he saltado a la torera mi (única) regla de oro: no leer un superventas hasta transcurridos diez años. ¡La de cantidad de tiempo que me revierte!

Pero, en esta ocasión, he leído Intemperie, de Jesús Carrasco, novela prima que desde mediados del pasado año está en candelero de la crítica literaria y, como caja de resonancia, del periodismo. Es sus crónicas y comentarios se resaltan las virtudes del libro –que las tiene–: ritmo, arquetipos, tránsito iniciático en los personajes, valiosas imágenes, maneras poéticas de desenvolverse, integración del paisaje… Y todo ello sustentado en la prosa y en el vocabulario inusual que expande por sus páginas. Como debe ser la literatura.

Hasta aquí todo sobre ruedas. Lo que ocurre es que me ha costado lo mío el terminar algunas páginas, el llegar al final de algunos pasajes sin saltarme unos cuantos párrafos. Tanta precisión hace farragosa la lectura. Incluso diría que es innecesario semejante detallismo o ensimismamiento –pero ello no es a mí a quien corresponde decidirlo–, pues se nos antoja un ejercicio de redacción. Ello me ha llevado a un estadio de desorientación, al no coincidir con las opiniones oficiosas (del oficio). Y en este punto he de agradecer la existencia de bitácoras en las que aparecen reseñadas y comentadas obras por parte de quienes empleamos buena parte de nuestro tiempo en leer, sin más. Por ello, agradezco a Isabel o a Iván –entre otras varias personas– sus opiniones sobre esta nominada obra, ya que hemos experimentado parecidas sensaciones.

Por otro lado, sobre el vocabulario, considero que es una obligación de quien escribe el apoyarse en él y preocuparse de su cultivo. En el caso que nos ocupa, no me ha resultado tan impactante como se indica en otros lugares, tal vez porque soy de pueblo y conozco la mayoría de los términos utilizados.

Lo dicho: hay literatura, pero espera fluidez. ¡Ánimo!